Sara Pena, voluntaria de Meniños: “Compartir nuestro conocimiento con los demás es un mecanismo para mejorar la sociedad”

Sara Pena comenzó a colaborar con la Fundación Meniños poco después de arrancar el curso escolar. “Desde hacía tiempo, seguía muy de cerca el trabajo de la oenegé, cuya labor con niños es muy importante, ya que es, precisamente, en la infancia, donde se empiezan a crear ciertas disfuncionalidades sociales que en la edad adulta afloran como grandes problemas. Además, por mi orientación laboral, dedicada a los servicios sociales y la educación, me pareció una gran oportunidad para compartir con otra persona mis conocimientos e inquietudes”. Por ello, Sara eligió ser voluntaria de apoyo escolar para dar clases a un niño de once años, Darío, (así ha decidido bautizarlo), con quien trabaja unas dos horas a la semana.

“Darío es un niño muy listo, muy vivo”, pero tiene problemas con los estudios desde hace muchos años, derivados, en gran parte, de la situación familiar que ha vivido”, nos cuenta la voluntaria. No obstante, “conectamos desde el primer momento. Es un chico muy espabilado y con gran sentido del humor”, narra.

“Debido a la falta de motivación, así como las carencias de un ambiente favorable al estudio, Darío viene arrastrando suspensos curso tras curso, a pesar de las adaptaciones curriculares que le han ido aplicando en su centro de estudios”, expone. “Trato de ayudarlo a centrarse, a entender por qué tiene que estudiar lo que estudia, motivarlo mostrándole la parte útil del contenido. Algunas veces, nos centramos únicamente en hacer los deberes y siempre terminamos la clase con un rato de juegos inventados”, señala la joven.

Para hacernos una idea, le preguntamos directamente a Sara cómo es una jornada de trabajo como voluntaria. Y, desde el comienzo, Sara nos la muestra en plural:

“Nos gusta empezar la tarde que tenemos a la semana comentando cómo fue la semana anterior, qué tal en el cole, en casa… La mayor parte de los días trae los deberes hechos, lo que nos permite repasar con calma las materias que tiene más flojas, hacer algún simulacro de examen, leer, etc. La última media hora siempre la reservamos para jugar a juegos que nos inventamos: dibujamos un tablero y a cada casilla le asignamos una prueba que puede ser física (saltar, correr), de lengua (conjugar un verbo) o de vocabulario en inglés…”.

-Sara, ¿Qué puede aportarle a un voluntario estar en compañía de quienes están en una situación más complicada?

-“Todo el mundo aporta algo a nuestras vidas, está claro. Prefiero considerar a Darío como el niño de 11 años que es, con quien he emprendido una relación de apoyo y orientación escolar, por un lado, y de amistad, por otro. Supongo que nos aportamos muchas cosas por el hecho de que hemos conectado bien. Lo pasamos muy bien, puede que eso, sin más, me ayude a mí”.

-Ahora te haremos la pregunta de antes, pero a la inversa. Es decir, ¿cuál consideras que es la aportación más importante que haces a las personas con quien trabajas?

-“En el caso de Darío, creo que cuando hablamos se siente cómodo, puede decir lo que piensa sin tener reparos. Yo no soy su familia, ni su profesora. Hablamos francamente de muchas cosas, creo que le ayudo a relativizar ciertos problemas, ironizamos con muchas situaciones… en los estudios también le puedo ayudar porque, a pesar de no tener grandes dificultades, es un poco vago y despistado, por lo que necesita que alguien le oriente un poco, o le ponga las pilas de vez en cuando. [Se ríe]. Creo que el método que empleamos de juegos y de ejercicios de motivación comienzan a dar resultados”.

-¿Qué le diría a alguien que se plantea ser voluntario para animarle a vivir esta experiencia?

-“Que no se lo piense más. Cada experiencia es distinta, pero creo que hay que ser consciente de que compartir nuestro conocimiento útil con los demás es un mecanismo que ayuda a mejorar nuestro sistema social, tan basado en el consumo e intercambio comercial. Además, trabajar con infancia es muy agradecido. Espero que llegue un momento en el que no haga falta el trabajo de programas como éste, pero mientras no seamos capaces de cambiar todo lo necesario para que esto ocurra, Meniños es un buen lugar en el que colaborar”.

Nos despedimos de Sara desde la sede que tiene la Fundación Meniños en Pontevedra, en la Casa Azul, donde da clase los martes por la tarde. “Este viernes, además, Darío y yo iremos a la biblioteca a ojear algún libro y a navegar por Internet… de paso, me cuenta cómo le va por casa, y en el colegio, etc. Y yo a él también”, termina.

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